Si la memoria no es completa, no es memoria.

Cada 24 de marzo, Argentina se sumerge en una jornada de reflexión profunda. En los últimos años, esa conmemoración ha incorporado un contrapunto impulsado desde sectores libertarios y, más recientemente, desde el propio gobierno nacional, que promueven una lectura alternativa de los años 70 bajo la idea de cuestionar lo que denominan el “relato oficial”. El eje central de esta mirada es la consigna de la “Memoria Completa”, que plantea que el Estado debe reconocer a todas las víctimas de la violencia política, no solo a aquellas afectadas por el terrorismo de Estado. Desde esta perspectiva, se sostiene que la narrativa predominante ha invisibilizado el accionar de organizaciones guerrilleras y paramilitares. En ese marco, el principio libertario de no agresión se utiliza para condenar tanto los crímenes estatales como los atentados de grupos insurgentes. El cuestionamiento a la cifra de los 30.000 desaparecidos aparece como una demanda de “verdad histórica”, más que —según sus defensores— una negación del sufrimiento.

En paralelo, esta corriente busca desmontar la idea de un supuesto “liberalismo” durante la última dictadura. Argumenta que el modelo económico de ese período, asociado a José Alfredo Martínez de Hoz, fue en realidad estatista y corporativista, señalando la persistencia de un alto gasto público, empresas estatales y restricciones a las libertades individuales. Desde esta óptica, no puede hablarse de liberalismo en un contexto de autoritarismo político.

A nivel más teórico, el libertarismo considera al golpe de Estado como la máxima expresión de coerción estatal, al entender que implica la imposición del poder por la fuerza y la anulación de la soberanía individual.

Este enfoque no solo se expresa en el plano discursivo, sino también en una estrategia comunicacional. El gobierno ha impulsado una contra-narrativa a través de producciones audiovisuales, utilizando el cine y el formato documental como herramientas centrales.

En este marco, el cineasta Santiago Oría aparece como uno de los principales arquitectos de la estética y narrativa oficial, desarrollando contenidos que buscan mostrar “la otra cara” del período, incluyendo testimonios de víctimas de la violencia guerrillera y reforzando la revisión de cifras y relatos históricos. A su vez, figuras como Agustín Laje, quien condujo el minidocumental difundido en 2025, aportan el marco interpretativo desde lo ideológico.

Ese material sostiene que la violencia política precedió al golpe de 1976, propone una equiparación entre las acciones de organizaciones como Montoneros o el ERP y el accionar estatal, y reinterpreta el período como una “guerra interna” en lugar de un plan sistemático de represión.

También se suman otras voces del ámbito audiovisual y digital, como el cineasta e influencer Diego Recalde, quien ha reforzado estas lecturas críticas, incluyendo cuestionamientos al rol de los organismos de derechos humanos y a lo que el sector denomina un uso político del tema.

En conjunto, esta corriente propone que el 24 de marzo no sea únicamente una jornada de duelo centrada en una sola narrativa, sino una instancia para revisar integralmente la historia reciente, condenar toda forma de violencia política y replantear el sentido de la memoria colectiva bajo la idea de que la libertad es indivisible.

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